Inflación controlada
Hoy en día, las tensiones geopolíticas, el aumento del gasto en defensa, la fragmentación comercial y el debilitamiento de las perspectivas de crecimiento están erosionando la situación fiscal de las economías avanzadas. Esto se suma al envejecimiento de la población, el escaso crecimiento de la productividad y la mayor exposición a riesgos climáticos y geopolíticos. En este contexto, el respaldo fiscal es intrínsecamente más débil, lo que aumenta el riesgo de presiones inflacionarias considerables y persistentes. La deuda es de por sí elevada, por lo que el ajuste fiscal debe ser gradual, y es probable que un ajuste sostenible requiera una tolerancia pragmática hacia una inflación controlada. Esta “inflación fiscal” funciona si es temporal y moderada, y si no genera una pérdida disruptiva y, en última instancia, contraproducente de la credibilidad en la lucha contra la inflación.
Si la deuda pública no está indexada a la inflación, el banco central puede suavizar o retrasar el ajuste de precios. El razonamiento se basa en la posibilidad de que se produzcan importantes correcciones fiscales en el futuro y en la continua revisión de las perspectivas fiscales por parte de los mercados. Por ejemplo, los mercados pueden esperar que un auge de la productividad propiciado por la inteligencia artificial impulse el crecimiento lo suficiente como para reducir la carga de la deuda con tasas impositivas más bajas. En este caso, suavizar el ajuste de precios equivale a apostar por la estabilidad fiscal y de los precios: el banco central gana tiempo, manteniendo hoy la inflación relativamente estable frente al aumento de la deuda, con la esperanza de que no sea necesario incrementarla de manera considerable en el futuro si el crecimiento no se acelera. (Corsetti y Maćkowiak, 2024). El éxito requiere una comunicación eficaz. Las autoridades deben garantizar al público su capacidad para estabilizar la deuda pública —mediante reformas y políticas destinadas a contener las disrupciones en el plano de la oferta— y, al mismo tiempo, lograr aumentos de la productividad plausibles y generalizados.
Un enfoque más amplio
¿Cómo podría aplicarse este ajuste sostenible en todo el mundo? La experiencia histórica sugiere que países como Estados Unidos y el Reino Unido cuentan con mecanismos que estabilizan la deuda, en parte a través de la inflación. Gran parte de esta capacidad se basa en una combinación de reglas explícitas y directrices no escritas que estructuran el equilibrio institucional de poder. Sin embargo, dicho equilibrio es más complejo en la zona del euro, que carece de una deuda común y de un presupuesto central significativo.
Las fuerzas estabilizadoras pueden tener su origen en la previsión de un aumento de la productividad gracias a las nuevas tecnologías y a un mayor gasto público: ambas medidas podrían impulsar el crecimiento y reforzar la sostenibilidad fiscal a largo plazo. Actualmente los gobiernos se enfrentan al reto de aumentar el gasto en defensa, al tiempo que invierten en I+D+i, prioridades muy diferentes a las de la era de la globalización, pero algunos tipos de gasto en defensa también podrían alimentar las expectativas de innovaciones favorables para el crecimiento.
Aun así, con una deuda elevada, es posible que no resulte eficaz, y menos aún viable, una colaboración de políticas no convencional. En respuesta a la disrupción causada por la fragmentación geopolítica y el desmantelamiento de las redes económicas, los gobiernos pueden dejarse llevar por la tentación de aumentar los ingresos mediante impuestos al comercio o adoptar medidas de represión financiera —con regulaciones más estrictas y controles de capital— con la esperanza de reducir los costos de endeudamiento. Sumadas a las tensiones comerciales, estas medidas probablemente intensificarán la vulnerabilidad a los shocks estanflacionarios, provocando una reacción bidireccional adversa entre las políticas nacionales y las políticas internacionales no coordinadas. Una colaboración ampliada y poco convencional que integre una amplia gama de políticas internas y externas evitaría este riesgo, ya que contribuiría a mantener la economía mundial en la senda del ajuste fiscal sostenible.
Los mercados emergentes se enfrentan a dificultades propias, ya que los acontecimientos geopolíticos provocan una onda expansiva que se extiende a los mercados financieros y reales. Esto podría redefinir la magnitud y la geografía de los desequilibrios mundiales, así como los costos y beneficios de las políticas que favorecen la exportación, la liberalización de la cuenta de capital y los regímenes cambiarios poco flexibles. Muchos gobiernos tendrán que defender la credibilidad, fruto de un arduo esfuerzo, de los regímenes de políticas que les permitieron desarrollar mercados clave para la deuda denominada en moneda local. Si bien esto mejora la contribución potencial de la inflación controlada a la corrección de los desequilibrios fiscales, también induce una respuesta a las crisis que conlleva grandes sorpresas en el terreno inflacionario, lo que podría socavar los avances logrados hasta entonces.
Un bien público mundial
Los grandes desequilibrios fiscales, las tendencias demográficas adversas y los acontecimientos geopolíticos exigen una coordinación más estrecha entre las autoridades monetarias y fiscales. Una mayor coordinación no es del todo indeseable; de hecho, puede contribuir a reforzar la credibilidad de la estabilización fiscal, aunque exige ser sumamente cuidadosos. En las economías avanzadas y emergentes, los gobiernos pueden sobreestimar el alcance de una inflación fiscal razonable, restar importancia a los beneficios de un régimen creíble de metas de inflación y exagerar las ventajas de la ausencia de cooperación en las relaciones económicas internacionales. Si las economías avanzadas hubieran sido capaces de neutralizar las fuerzas geopolíticas subyacentes a las crisis petroleras —sobre todo la influencia de la Organización de Países Exportadores de Petróleo en los precios del crudo—, la gran inflación de finales de los años sesenta y setenta podría haber sido menos grave. A mediados de la década de 1960, al igual que hoy en día, los desequilibrios fiscales ya eran considerables, y la incapacidad de los gobiernos para resolver las disputas con los principales países productores de petróleo dio paso a uno de los episodios inflacionarios más desestabilizadores de la historia.
La combinación de una elevada deuda pública en las economías avanzadas y la actual reordenación geopolítica resulta inquietantemente familiar y nos recuerda que la estabilidad macroeconómica es, ante todo, un bien público mundial.