Odling-Smee y otros miembros del equipo del FMI visitaron la Unión Soviética en 1991 para ayudar al país a evitar el colapso económico. Eso fue, por supuesto, una “misión imposible”. Poco se sabía acerca de la Unión Soviética fuera de la URSS, solo estadísticas falsificadas y otras mentiras. El autor describe vívidamente el horror de la situación inicial y el caos que siguió a la desintegración de la Unión Soviética. Algunos acusaron al FMI de destruir la economía soviética, que ya estaba al borde del colapso para cuando el organismo fue convocado.
Yo tuve el privilegio de cooperar con el FMI cuando era Primer Ministro de Estonia entre 1992 y 1994 y no puedo menos que coincidir con el autor cuando escribe: “Cuanto más rápidamente se implementen las reformas, más pronto se recuperará la economía. Al demorar las reformas difíciles, simplemente se está prolongando la agonía y el sufrimiento de la gente”. Odling-Smee ofrece varias explicaciones del éxito de los países bálticos. Solo puedo sumar dos pequeñas observaciones: primero, esos países se alejaron completamente de su pasado comunista; segundo, la economía soviética colapsó como resultado del colapso del sistema soviético, no debido a la adopción de reformas.
El estilo del libro es calmo y sensato. El autor no defiende al FMI ni a sí mismo, pero sí sugiere lo que podría haberse hecho de forma diferente, quizá no por el FMI sino por los países en transición. Muestra cómo la debilidad política —sobre todo, la corrupción y el amiguismo— impidieron el crecimiento de verdaderas economías de mercado.
Este libro fue escrito antes de que Rusia invadiera Ucrania en febrero de 2022 y por tanto no cubre esa tragedia, pero describe muy bien sus raíces. El fracaso de las reformas generó corrupción, amiguismo y oligarquía, lo cual derivó en Putin y la guerra. Es inútil señalar con el dedo al preguntar: “¿Quién perdió a Rusia?”. Rusia se perdió a sí misma, y solo ella puede volver a levantarse.