Buenas noches. Es un honor para mí reunirme hoy con ustedes para pronunciar
esta conferencia inaugural en memoria de una mujer notable, Dame Helen
Alexander. Quiero saludar especialmente a su esposo Tim; a sus hijos Nina,
Leo y Gregory, y a todos sus familiares y amigos reunidos aquí esta noche.
Gracias, Zanny, por su amable invitación; y gracias, John, por su tan
gentil presentación. Permítanme también expresar mi reconocimiento a
Carolyn Fairbain, de la Confederación de la Industria Británica (CBI), y a
todas las personas aquí presentes de UBM y la Universidad de Southampton.
Cada uno de nosotros conservamos nuestros recuerdos, imágenes, palabras de
Helen. ¿Cómo podemos describirla? Algunas de las palabras que oigo a
menudo: tremendamente inteligente, tenaz, meticulosa, pragmática, diligente
y totalmente dedicada.
También oigo: compasiva, justa, cabalmente decente, una estupenda
mentora: un ejemplo y alguien que siempre puso las relaciones humanas
en primer lugar, sea la familia o los amigos. Todos estamos en deuda
con ella, porque nos dio tanto. Yo tengo una deuda personal con Helen
porque una vez le fallé.
Al reflexionar sobre este doble conjunto de virtudes asociadas con Helen, y
teniendo en mente algunos de los retos más apremiantes para el mundo que
Helen seguía tan estrechamente, pensé que sería apropiado centrar mis
comentarios en los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), respaldados
por la comunidad de naciones en 2015 como una hoja de ruta para las
políticas públicas hasta 2030 inclusive.
Los ODS esbozan el perfil del mundo que queremos, y de hecho necesitamos:
un mundo libre de pobreza y de carencias; un mundo más justo; un mundo que
respete los límites naturales. Representan las “5 P” interrelacionadas deprosperidad, personas, planeta, participación colectiva y paz.
Los ODS son la respuesta acertada a los grandes desafíos del siglo XXI, el
antídoto correcto a la pérdida de confianza en instituciones de todo tipo
y, en algunos países, la pérdida de fe en la cooperación mundial.
El problema está en que plasmar estas aspiraciones en planes concretos no
será fácil. Exigirá esos atributos que definieron el carácter de Helen:
sentido práctico hermanado con decencia.
La agenda de los ODS abarca mucho. Mi exposición hoy de noche tendrá un
alcance más limitado: la coincidencia de los ODS con el mandato del FMI de
prosperidad económica mundial y crecimiento económico que sea a la vez
inclusivo y sostenible.
Concretamente, me referiré a cuatro dimensiones: i) económica:
ayudar a los países de bajo ingreso a alcanzar los ODS; ii) social
: la importancia de la inclusión y la equidad; iii) ambiental:
abordar el cambio climático, y iv) gobernanza: la importancia
vital de las instituciones sólidas.
1. Dimensión económica
Permítanme comenzar con la dimensión económica, donde quisiera concentrarme
en los desafíos particulares que plantean los ODS en los países de bajo
ingreso.
Consideremos algunos hechos. Más de mil millones de personas han logrado
salir de la pobreza extrema desde 1990, en un contexto de mayor
integración. Este es un logro notable, sin precedentes en toda la historia
humana. Sin embargo, casi 800 millones de personas siguen hoy sumidas en la
pobreza extrema.
También en el ámbito de la salud, la mortalidad infantil ha caído a la
mitad desde 1990, gracias en buena medida a los Objetivos de Desarrollo del
Milenio, la iniciativa precursora de los ODS. Y, sin embargo, a pesar de
esta drástica reducción, casi 6 millones de niños mueren todavía cada año
antes de llegar a su quinto cumpleaños, y en casi todos los casos sus vidas
podrían salvarse mediante intervenciones médicas básicas.
Lo mismo cabe decir de la educación: grandes avances, pero grandes brechas
pendientes. En África subsahariana, alrededor de un quinto de los niños en
edad de educación primaria no asisten a la escuela. Y demasiados de los que
sí están escolarizados no están aprendiendo. En todo el mundo, 58% de los
estudiantes de escuela primaria y secundaria inferior —617 millones de
niños— carecen de las competencias básicas en lectura y matemáticas.
Según la UNESCO, la pobreza mundial podría reducirse a la mitad si todos
completaran la educación secundaria. Y en vista de lo que sabemos acerca
del futuro del trabajo, ¿cómo puede alguien prosperar en la economía
moderna sin contar al menos con educación secundaria?
Como H.G. Wells alguna vez señaló, “
La historia humana se transforma cada vez más en una carrera entre la
educación y la catástrofe
”.
Podría hacer observaciones similares acerca de los efectos económicos de la
falta de acceso a las otras bases esenciales de la prosperidad humana:
atención de la salud, agua potable y saneamiento, energía limpia y
disponibilidad de financiamiento para ayudar a las personas a protegerse y
salir adelante.
Sé que Helen se interesaba apasionadamente por estos temas. Comprendía la
importancia crucial de una educación adaptada a los retos modernos, y
disfrutaba de su función como Rectora de la Universidad de Southampton. Le
encantaba ver el entusiasmo en los rostros de los graduados cuando les
entregaba sus diplomas.
También en el campo de la atención de la salud, ella estaba muy orgullosa
del centro de inmunología oncológica de Southampton. Corrió la Carrera por
la Vida todos los años desde 2002, y hasta en 2015, en vísperas de una
importante cirugía. Cuando personas que ella conocía estaban enfermas,
siempre las visitaba en el hospital.
En el FMI consideramos que el capital humano es esencial para el
crecimiento y el desarrollo. Estamos comprometidos con respaldar estos ODS
brindando asistencia en materia macroeconómica.
Concretamente, estamos estimando las necesidades de gasto en cinco sectores
clave tanto para los mercados emergentes como para los países de bajo
ingreso: educación, salud, agua y saneamiento, carreteras y electricidad.
Asimismo, estamos explorando soluciones de financiamiento.
La próxima semana expondré las conclusiones en una sesión especial de las
Naciones Unidas convocada por el Secretario General Guterres. No adelantaré
aquí los resultados, pero sí diré esto: para los países de bajo ingreso, en
particular, cubrir las necesidades de gasto adicional exigirá una estrecha
asociación entre todas las partes interesadas: los propios países, pero
también los donantes oficiales, la filantropía y la financiación privada.
Soy optimista en cuanto a que esto pueda lograrse.
Hay algunas otras complicaciones con las que es preciso lidiar, sin
embargo. La necesidad de aumentar el gasto llega en un momento en que la
deuda de los países de bajo ingreso luce cada vez más precaria: 40% de
ellos enfrentan actualmente un alto riesgo de sobreendeudamiento o no
pueden cumplir íntegramente con el pago de intereses, en comparación con
21% cinco años atrás. Por si eso fuera poco, los países de bajo ingreso se
están endeudando más en condiciones no concesionarias, lo cual aumenta los
costos del servicio de intereses. Si implementar los ODS es una carrera, es
cada vez más una carrera que se corre cuesta arriba.
En definitiva, respaldar los ODS en los países de bajo ingreso debe ser
una prioridad mundial. No es solo lo correcto, sino también una
decisión inteligente. No se trata solo de solidaridad; se trata del
propio interés. Porque sin un desarrollo sostenible en casa, las
desbordantes presiones económicas y sociales —agravadas por un rápido
crecimiento poblacional y un creciente estrés medioambiental—
seguramente se derramarán a través de las fronteras, como por ejemplo
mediante los movimientos masivos de personas.
Es por ello que las asociaciones son tan importantes. Lo que se requiere es
un sentido de corresponsabilidad por el bien común, sustentado en esa
combinación de pragmatismo y humanidad que caracterizaba a Helen. Puedo
imaginarme cómo habría alentado a los miembros de la CBI cuando los
lideraba.
2. Dimensión social
Permítanme pasar ahora a la segunda dimensión amplia de los ODS: la
inclusión, tanto en términos de desigualdad del ingreso como de igualdad de
género.
La desigualdad del ingreso se ha convertido en uno de los mayores retos de
la economía mundial. Cierto es que algunas regiones han registrado un
notable avance en cuanto a reducir la pobreza y ampliar su clase media en
las últimas décadas. Y la desigualdad se ha reducido entre los
países. Pero no dentro de los países.
Desde 1980, el 1% más alto a nivel mundial ha recogido el doble de los
beneficios del crecimiento que el 50% más bajo. Durante ese período, la
desigualdad del ingreso ha venido aumentando en las economías más
avanzadas. Esto se debe en parte a la tecnología, en parte a la integración
mundial y en parte a políticas que favorecen al capital sobre el trabajo.
Las repercusiones son alarmantes, especialmente en las economías avanzadas.
En esos países, una creciente desigualdad está contribuyendo al
desvanecimiento de comunidades enteras y formas de vida, al deterioro de la
cohesión social y el sentido de un destino común, y a la creciente
tendencia a reemplazar la deliberación por la demonización, la colaboración
por el provincianismo.
Naturalmente, esto hace mucho más difícil llegar a un acuerdo sobre los
tipos de políticas y alianzas necesarias para lograr los ODS.
Tampoco es sorprendente que en los estudios del FMI se haya observado que
la reducción de la desigualdad se asocia con un crecimiento más fuerte y
sostenible.
Aquí una cuestión central es que la excesiva desigualdad puede socavar la
idea de una sociedad meritocrática, ya que una pequeña minoría se asegura
un acceso privilegiado a los numerosos beneficios tangibles e intangibles
necesarios para avanzar, sea educación, enriquecimiento cultural o buenos
contactos. Esa exclusión, por la cual la desigualdad de resultados se
traduce en desigualdad de oportunidades, daña la productividad porque priva
a la economía de las habilidades y talentos de los excluidos.
De nuevo, sé que esto era algo que a Helen le importaba mucho: una sociedad
meritocrática, el deseo de garantizar que todos puedan aprovechar las
oportunidades disponibles y alcanzar su potencial.
Como dijo alguna vez Máximo Gorki, “
Todos viven para algo mejor por venir. Por eso debemos considerar a
cada persona: ¿quién sabe qué hay en ella, por qué nació y qué puede
hacer?
”
En cuanto a la necesidad de reducir la desigualdad, nuestros estudios
indican la importancia de la inversión pública en ámbitos como salud,
educación y sistemas de protección social. Dada la escala del problema, el
sector privado también tiene una función que cumplir. De hecho, ahora que
nos enfrentamos a los desafíos asociados con la Cuarta Revolución
Industrial, debemos instar a las empresas a pensar en formas novedosas de
fortalecer y ampliar su responsabilidad económica y social.
¿Y qué hay de la otra dimensión de la inclusión: la igualdad de género?
La triste realidad es que las niñas y mujeres de todo el mundo siguen
enfrentando las humillaciones diarias de la discriminación, el acoso y, con
demasiada frecuencia, también la violencia.
Aun cuando nos concentremos solo en la dimensión económica, las novedades
no son alentadoras. Alrededor del 90% de los países tienen alguna
restricción jurídica sobre la actividad económica de las mujeres.
Este es otro aspecto en el que la inclusión conduce a una buena economía.
Aquí en el Reino Unido, como la misma Helen destacó en su famoso
Hampton-Alexander Review, eliminando las brechas de género en la
participación de la fuerza laboral se puede elevar el PIB entre 5 y 8%.
En el FMI, hemos mostrado que esta historia se repite en todos los lugares
del mundo. En África subsahariana, por ejemplo, estimamos que reduciendo la
desigualdad de género en 10 puntos porcentuales se podría elevar el
crecimiento en 2 puntos porcentuales en el lapso de cinco años.
Indudablemente necesitamos este aumento del crecimiento para respaldar los
ODS.
Lo bueno de esto es que los hombres no necesariamente terminarían
perdiendo. Al incorporar a más mujeres a la fuerza laboral, la economía
puede beneficiarse de sus talentos, habilidades, ideas y enfoques
especiales. Esta diversidad elevaría la productividad y generaría salarios
más altos para todos.
¿Cómo incrementamos esta participación? Especialmente en los países de bajo
ingreso, las medidas fundamentales consisten en reducir las brechas de
género en salud y educación, respaldar la inclusión financiera, invertir en
infraestructura y asegurar un mejor acceso al agua potable y el
saneamiento. Esto crea un círculo virtuoso: invertir en los ODS y promover
el empoderamiento de la mujer, lo cual a su vez sienta las bases para un
éxito más amplio de los ODS. En las economías avanzadas, políticas tales
como las licencias parentales y el acceso a un cuidado infantil asequible y
de alta calidad pueden ayudar mucho.
Otra dimensión crucial es la necesidad de alentar el liderazgo femenino en
el mundo empresarial. También en este caso la evidencia indica que esto
lleva a mejores resultados: un estudio muestra que tener una mujer más en
la alta gerencia o en el directorio de una empresa eleva entre 8 y 13
puntos básicos la rentabilidad de los activos.
De hecho, hoy mismo, el FMI ha publicado un estudio —que podríamos decir es
en honor de Helen— según el cual, en el sector financiero, una proporción
más alta de mujeres en el directorio de los bancos se asocia con una mayor
resiliencia financiera. Al mismo tiempo, observamos que la presencia de más
mujeres en los consejos de supervisión bancaria se asocia con una mayor
estabilidad financiera. Pero aún queda un largo camino por recorrer: en
todo el mundo, menos de un quinto de los miembros del directorio de un
banco y solo dos% de los directores ejecutivos de los bancos son mujeres.
Sabemos que la presencia de visiones más diversas en el liderazgo significa
una menor probabilidad de hundirse en el pantano del pensamiento de grupo y
los sesgos inconscientes. La existencia de perspectivas más diversas en el
liderazgo significa una toma más prudente de decisiones y una mayor
focalización en la sostenibilidad a más largo plazo. Pienso que a todas
luces las finanzas se beneficiarían enormemente de este mayor grado de
diversidad.
Helen comprendía muy bien todo esto. Ya he mencionado el Hampton-Alexander
Review, sin duda uno de sus grandes legados. Allí, una de sus principales
recomendaciones era aumentar la participación de las mujeres en los comités
ejecutivos de las empresas que componen el índice FTSE 100 del Financial
Times de 26% al 33% de aquí a 2020. Y llegó a esa conclusión con su
legendario pragmatismo: “echando luz sobre los datos”.
Como afirmó en una entrevista: “
Si todos pertenecemos al mismo grupo y tenemos el mismo tipo de
antecedentes, cuando enfrentamos un problema tendemos a quedar
atascados en el mismo lugar. Si provenimos de entornos diferentes y
tenemos diferentes capacidades y un legado cultural diferente, salimos
más rápidamente del problema
”.
La propia experiencia de Helen muestra que estas no son meras palabras. En
sus dos décadas al timón de The Economist —como Zanny bien sabe,
con ocasión del 175º aniversario de esa excelente publicación— incrementó
la circulación de un tiraje de menos de 400.000 ejemplares a casi 1,4
millones por semana. Y en un momento en que la venta de ediciones impresas
disminuía por doquier.
De modo que aquí el punto fundamental es que, si queremos tener éxito con
los ODS, necesitaremos una mayor diversidad en el mundo empresarial, a fin
de mejorar el dinamismo económico y ayudar a orientar los negocios y las
finanzas hacia las inversiones a más largo plazo necesarias para el éxito
de los ODS. Reitero mi optimismo en cuanto a que esto pueda lograrse.
3. Dimensión ambiental
Quisiera pasar ahora a la tercera dimensión de los ODS: asegurar que el
progreso económico respete los límites naturales del planeta. Con cada año
que pasa, a medida que las olas de calor se hacen habituales y las
tormentas se vuelven más frecuentes y feroces, el cambio climático arroja
una sombra cada vez mayor sobre nuestro bienestar y especialmente el
bienestar de nuestros niños.
La moraleja es clara: si atacamos la naturaleza, la naturaleza nos atacará
a nosotros. En las estremecedoras palabras de T.S. Eliot, “ Te enseñaré el miedo en un puñado de polvo”.
Sin embargo, hay signos de esperanza. Unos pocos meses después de
suscribirse los ODS, las naciones del mundo confluyeron en torno al Acuerdo
de París, comprometiéndose a reducir las emisiones de carbono, con el
objetivo de impedir que las temperaturas mundiales superen en más de 2
grados Celsius los niveles de la era preindustrial. Esto representó un
logro trascendental, un significativo testimonio del perdurable poder del
multilateralismo.
A su vez, este compromiso implicará avanzar hacia una economía mundial con
nulas emisiones de carbono. Esta no será una tarea fácil, pero estoy
convencida de que el mundo podrá desplegar un movimiento de conciencia
global para adoptar las medidas necesarias que permitan proteger nuestro
futuro colectivo.
¿Qué papel cumple en esto el FMI? Podemos contribuir brindando
asesoramiento sobre la mejor forma de empujar esta transición energética
hacia adelante.
La mejor forma de lograrlo es poniéndole un precio al carbono. Un régimen
de precios para el carbono conlleva muchas ventajas. Es fácil de
administrar si se lo hace integrando los cargos por carbono dentro de los
sistemas de impuestos sobre los combustibles. Genera los incentivos
correctos para todas las dimensiones de la descarbonización: mejor
eficiencia energética, reemplazo de los combustibles fósiles en la
generación de electricidad, y avance hacia la electrificación de vehículos,
edificios y procesos industriales. Puede reducir los peligrosos niveles de
contaminación atmosférica. Además, los impuestos al carbono pueden recaudar
ingresos fiscales equivalentes a alrededor de 1 a 2% del PIB por año, que
podrían destinarse a atender prioridades de los ODS.
De todos modos, falta recorrer un largo camino: aun después de que entre en
vigor el sistema de comercio de emisiones de China en 2020, 80% de las
emisiones mundiales seguirán sin tributarse.
También será importante la adaptación a esta nueva normalidad. Los países
vulnerables deberán invertir en aspectos tales como la protección de las
costas y una mayor resiliencia de su infraestructura y agricultura. Deberán
gestionar mejor los riesgos, por ejemplo mediante esquemas de riesgos
compartidos, fondos para contingencias y bonos para catástrofes.
El FMI está comprometido a ayudar a los países miembros a construir marcos
de política más resilientes. En nuestros análisis de las políticas del
cambio climático se han evaluado las estrategias climáticas en algunos de
los países más vulnerables, como Belice, Santa Lucía y Seychelles. También
estamos brindando financiamiento de emergencia rápido y flexible a países
afectados por graves shocks meteorológicos.
Nuevamente, sé que esto era algo que le importaba mucho a Helen.
Ciertamente comprendía la importancia de aplicar prácticas sostenibles en
el mundo empresarial. No muchas personas saben que se capacitó como
geógrafa y que para ella ¡eso era motivo de orgullo!
4. Dimensión de gobernanza
Permítanme pasar ahora al cuarto y último pilar de los ODS: la buena
gobernanza. Verdaderamente, la gobernanza es el cimiento sobre el cual se
construye todo lo demás. Si las instituciones son débiles, las
probabilidades de éxito de los ODS están gravemente comprometidas. Es por
ello que los ODS exigen “instituciones eficaces, responsables e inclusivas
en todos los niveles”.
Esto vale para todos los ámbitos: el sector público y el sector privado, a
nivel nacional y mundial. Se aplica tanto a los donantes como a los
beneficiarios de la ayuda oficial, para asegurar que la ayuda se suministre
de manera eficaz y transparente, llegando a las personas que realmente la
necesitan, sin derroches, desvíos ni duplicación. Se aplica a las empresas
privadas y a las empresas de propiedad estatal, para asegurar que sus
inversiones se realicen con transparencia, en igualdad de condiciones,
beneficiando a los ciudadanos del país.
Quisiera agregar unas palabras acerca de la corrupción, una verdadera plaga
económica y social. Al socavar la confianza y deslegitimar las
instituciones, la corrupción les hace difícil a los países tomar las
decisiones colectivas necesarias para promover el bien común.
Reflexionemos. Si algunos no pagan la proporción justa de impuestos que les
corresponde, los gobiernos no podrán recaudar los ingresos necesarios para
atender las prioridades de los ODS. Peor aún, se debilita la legitimidad
del sistema en su totalidad. Al mismo tiempo, si hay corrupción
desenfrenada, los gobiernos podrían verse tentados a gastar dinero en
proyectos que generan sobornos pero escaso valor social, socavando —otra
vez— la agenda de los ODS.
Y esto para referirnos únicamente al sector público. También necesitamos
que el sector privado invierta en proyectos sostenibles a largo plazo, que
respalden los ODS. Pero es improbable que lo haga si está forzado a pagar
un “impuesto de la corrupción”. Los genuinos riesgos e incertidumbre que
acarrea cualquier decisión de inversión seguramente se verán multiplicados
por la corrupción.
El sector privado no es siempre la víctima inocente, por supuesto. A veces
las empresas y los inversionistas están demasiado dispuestos a ofrecer
sobornos. Los sectores financieros a veces se muestran demasiado dispuestos
a aceptar dinero sucio.
Previsiblemente, en los estudios del FMI se ha observado que la corrupción
y una gobernanza deficiente se asocian con un menor nivel de crecimiento,
inversión y recaudación de ingresos tributarios, y con una elevada
desigualdad y exclusión social.
¿Cuál es entonces la solución? La aplicación de sanciones penales es
esencial, por supuesto, pero por sí sola no es suficiente. Nuestra
evidencia muestra que las iniciativas exitosas para combatir la corrupción
se construyen a partir de reformas institucionales que hacen hincapié en la
transparencia y la rendición de cuentas, por ejemplo, echando luz sobre
todos los aspectos del presupuesto público.
Por esa razón, el FMI está redoblando su labor en los temas de gobernanza y
corrupción, concentrándose precisamente en la fortaleza de las
instituciones económicas. Y cuando descubramos corrupción de una magnitud
macroeconómica, no dudaremos en decirlo.
Un problema conexo es el enorme grado de elusión y evasión impositiva.
Según una estimación, la riqueza en los centros financieros offshore llega al 10% del PIB mundial. Una vez más, esto hace
realmente difícil financiar los ODS.
Como todos bien sabemos, los valores de una buena gobernanza eran los
valores de Helen. No puedo pensar en una sola persona con mayor honestidad,
imparcialidad e integridad. En sus muchas posiciones de liderazgo, la
transparencia y la rendición de cuentas fueron su norte. Eso es lo que las
personas valoraban mucho de ella, lo que engendraba esa férrea lealtad en
todos quienes trabajaban con ella. Es lo que impulsó su extraordinario
éxito. Y esto encierra una lección para todos nosotros.
Conclusión
Antes de concluir, permítanme comprobar si han estado prestando atención.
Cité a Máximo Gorki y a H.G. Wells. ¿Qué tienen ellos en común? Bueno,
además de ser grandes escritores y narradores, ambos fueron amantes ¡de la
abuela de Helen, la indomable aristócrata rusa Moura Budberg! Claramente,
la familia de Helen ostenta muchas generaciones de mujeres fuertes.
Es con este tema de las generaciones que quisiera concluir hoy. Porque el
hecho de que tengamos o no éxito con los ODS definirá el legado de esta
generación.
En el musical Hamilton —aclamado aquí en Londres— el protagonista
principal, Alexander Hamilton, se plantea una pregunta clave justo antes de
morir en un duelo. “Qué es un legado”, pregunta. Y responde: “ Es plantar semillas en un jardín que nunca llegaremos a ver”.
Helen Alexander dejó tras de sí un notable legado. Nos dejó muy
prematuramente, y nunca llegó a ver los frutos plenos de las hermosas
semillas que sembró. Pero la próxima generación los verá: sus hijos, sus
estudiantes y todas aquellas personas cuya vida iluminó con su encantadora
e ingeniosa sonrisa.
Espero que todos podamos dejar un legado similar en lo relativo a los ODS.
Se lo debemos a quienes vendrán después de nosotros.
Muchas gracias.